Cada siete de abril conmemoramos el natalicio de Gabriela Mistral, gran intelectual chilena cuya obra transita por los más variados registros y temas.

Cuál de ellos más novedoso e importante pues todo en Mistral luce seriedad y aridez. Quizás esa aridez de su Montegrande que se le quedó adosada para siempre y que elevó a recurso poético; que usó de anteojeras para medir la belleza simple y no menor del mundo y sus circunstancias.

Cuántas Mistral hemos encontrado en esos 131 años, cuántas seguiremos encontrando. Una pregunta que esperamos nunca se dé por respondida para seguir descubriendo a la «presi’enta y bienhechora/ de la lengua castellana» (como dijera Violeta Parra, en sus versos por despedida) una y otra vez.

Hoy pienso en la Mistral de las infancias. Aquella preocupada de no tratar a l@s niñ@s con guaguerias. La que pensó al niñ@ y su entorno, al niñ@ y sus cuidadoras, al niñ@ y su educación. Una educación que relevara su pensamiento crítico.

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Pienso en la Mistral niña, esa que a la que despreciaron por mujer, pobre e introspectiva. Frente a esas infancias que a toda costa se quieren «normalizar» su biografía se alza como un mensaje que podría entenderse en clave de inclusión y equidad. Esa pequeña Lucila recobra vigor hoy para acompañar a niños, niñas y adolescentes y seguir enfrentándose al adultocentrismo imperante.

Un Mistral que nos abrió las puertas al mundo con sus viajes, con su experiencia, con su obra, con su poesía y que hoy viaja a otros formatos de edición. Una Mistral para todos. Una Mistral en amplia codificación.

Esperamos seguir encontrando nuevas aristas de Gabriela Mistral, en su vasta obra y vida. A seguir leyéndola y encantándose cada vez es la invitación de siempre.

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